En nuestro país, septiembre no es un mes indiferente. Es un período cargado de simbolismo e identidad. En materia deportiva, las regiones celebran competencias y actividades que, además de su dimensión social y educativa, desarrollan un importante impacto económico y cultural en sus comunidades.
Desde antaño, el atletismo, una de las disciplinas individuales más prestigiosas del mundo y presente en los Juegos Olímpicos y Campeonatos Mundiales, ha sido capaz de convocar multitudes. Los estadios se repletan y millones de personas siguen por televisión el esfuerzo de los atletas. En ese escenario, el fair play, la superación y la disciplina construyen una verdadera épica deportiva, cargada de valores positivos.
Sin embargo, mientras la participación escolar en el atletismo aumenta durante los primeros años, disminuye progresivamente en las edades superiores, especialmente al llegar a la universidad. Surge entonces una pregunta fundamental: ¿cómo acercar y mantener a jóvenes y adultos en las pistas? Probablemente sea necesario desarrollar nuevas estrategias de promoción, más acordes con los tiempos actuales. También debemos cambiar la forma en que entendemos el deporte. ¿Por qué seguir considerándolo principalmente un gasto, cuando puede ser una inversión social y económica?
Las actividades físico-deportivas movilizan semanalmente a millones de personas, generando en Chile empleo, instalaciones, servicios, turismo, comercio, transporte, equipamiento, formación profesional y eventos. Si existe toda esta cadena de valor, cabe preguntarse: ¿por qué el deporte todavía no ocupa el lugar que le corresponde dentro de la actividad económica del país?
En este escenario, el desarrollo del atletismo federado, descentralizado de norte a sur, depende fundamentalmente de los clubes. Son ellos la base del sistema: reúnen dirigentes, entrenadores, atletas, familias y comunidades, construyendo redes de apoyo y fortaleciendo la pertenencia territorial.
Un club no solo entrega deporte. También representa a una comuna, una región, un colegio, una universidad o incluso a una empresa que decide apoyarlo. Esa identificación genera un valor cultural y organizacional que trasciende las diferencias sociales. Por ello, la colaboración entre clubes, municipios, gobiernos regionales, establecimientos educacionales y empresas debería ser mucho más estrecha.
Un modelo de gestión mixto, que combine recursos públicos y privados con la experiencia de clubes y empresas especializadas, permitiría fortalecer las instalaciones deportivas y ofrecer servicios de mayor calidad. Los clubes conocen la cultura y las necesidades de sus territorios; las instituciones públicas pueden aportar infraestructura y recursos; y las empresas, financiamiento y capacidad de gestión. La articulación de estos actores puede generar una verdadera rentabilidad social y deportiva para las comunidades.
En este contexto, los valores que se transmiten desde temprana edad adquieren especial relevancia. La disciplina, el respeto, el esfuerzo y la responsabilidad no terminan cuando un atleta abandona la pista: forman parte de su desarrollo personal y pueden acompañarlo durante toda la vida.
Pero, ¿qué entendemos por “valor”? Puede ser el precio de algo, pero también aquello que representa, identifica y distingue. Para un club, tener campeones regionales o nacionales no solo significa obtener resultados deportivos. También genera reputación, confianza e inspiración para las nuevas generaciones. Cada logro individual termina, de alguna manera, fortaleciendo a la sociedad que ese atleta representa. Aquí aparece un elemento tan sencillo como simbólico: “La Camiseta”.
Vestir la camiseta de un club no es solamente una prenda deportiva. Es identidad, pertenencia y representación. También puede constituir un activo estratégico para quienes apoyan económicamente a la institución. Cuando el logo de una empresa, municipio u organización aparece en la camiseta o el buzo de un atleta, esa imagen circula en competencias, fotografías, medios de comunicación y redes sociales. El auspiciador recibe así una retribución visible por su aporte y se vincula directamente con los valores positivos del deporte.
Por eso, cuando un atleta cambia su vestimenta durante una competencia y deja de utilizar la indumentaria oficial de su club, no se trata simplemente de una decisión personal. Sin quererlo, puede estar restando valor a la institución que representa, a sus compañeros y también a quienes hacen posible su participación mediante aportes y auspicios.
Pero la propia institucionalidad también puede afectar esa representatividad.
En el Campeonato Nacional U-16 realizado en Santiago los días 12 y 13 de septiembre, un atleta de 14 años, perteneciente a un club de Ovalle, obtuvo el segundo lugar en los 2.000 metros con obstáculos. El atleta, de nacionalidad venezolana, pudo competir, pero no recibió la medalla correspondiente a su segundo lugar, pese a que su premiación había sido anunciada. Ante ese chascarro, Figueroa Loncón, actual Presidente de Fedachi sigue como siempre silente. A raíz de esta situación, el expresidente federativo Carter Beltrán señaló a Emol (23.9.26): “Creo que hay un error conceptual en torno a lo que es representar a un club, porque en los clubes pueden participar extranjeros… de no permitir que se premie un atleta… tampoco se debiese permitir que compita.”.
Pero ambos están equivocados. Si en los campeonatos federados participan atletas nacionales y extranjeros representando a clubes (esto seguirá aumentando), debería establecerse claramente cuáles son las condiciones de participación. Una alternativa simple, podría ser considerar la permanencia del atleta en el país durante un año para competir en “Nacionales”, como ocurre en otras latitudes. Ello, sin confundir esta condición con la representación de una selección nacional. Porque un atleta puede representar a su club, sin necesariamente representar a Chile.
Entonces, vestir la camiseta es mucho más que competir. Es reconocer de dónde se viene, a quiénes se representa y quiénes ayudan a llegar más lejos.
En definitiva, la camiseta tiene un valor que no siempre aparece en una contabilidad: construye identidad, transmite pertenencia, fortalece la reputación y ayuda a sostener económicamente a su institución. Cuidarla, usarla y respetarla también es entender que el deporte no es solo una competencia individual, sino una construcción colectiva.
Fernando Sotomayor G.
Ex Atleta