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Columna de Opinión: LA ARQUITECTURA DEL PAISAJE DIRECTIVO

Quienes han observado con atención un paisaje, urbano o rural, saben que este no surge por azar. La configuración de estos ecosistemas naturales, son el resultado de procesos regionales lentos y armónicos, en el cual, interactúan la topografía, clima, agua, la vegetación y la intervención humana. Cada elemento aporta equilibrio, identidad y continuidad hasta conformar un entorno de esos lugares capaces de perdurar en el tiempo con sus especies autóctonas y adaptadas. Así, la historia cultural de cada región va modelando esos espacios públicos y privados.

Algo similar ocurre análogamente con las organizaciones deportivas. Su desarrollo no depende únicamente de reglamentos o recursos, sino de una dirigencia capaz de interpretar su historia, fortalecer sus instituciones y proyectarlas hacia el futuro. Al igual que un arquitecto del paisaje, un buen dirigente no impone su voluntad sobre el entorno: comprende su naturaleza, respeta sus procesos y promueve un crecimiento equilibrado.

Pero esos paisajes también pueden degradarse. Por ello, resulta indispensable una política ambiental que permita preservarlos como herencia para las futuras generaciones. De este modo surgen paseos, senderos y áreas destinadas a la actividad física y deportiva, capaces de generar los recursos necesarios para su propia conservación. Ello exige un liderazgo directivo ético y profesional que comprometa a toda la organización para la protección de ese patrimonio ambiental y social, construido durante años.

En ese contexto el paisaje directivo, los clubes constituyen el suelo fértil donde germinan los deportistas. Así las asociaciones regionales representan la red que articula el desarrollo territorial regional con entrenadores, jueces y dirigentes, quienes cultivan ese ecosistema, mientras que una federación debe cumplir el rol de coordinar, orientar y resguardar el equilibrio del conjunto, sin reemplazar ni debilitar a quienes sostienen su base, es decir los clubes. Son ellos los que van construyendo la gestión del capital social con identidad deportiva, historia y sentido de pertenencia. Sin embargo, lo verdaderamente complejo no es crearlos, sino sostenerlos en el tiempo a fin de convertirlos en organizaciones saludables y confiables.

Cuando alguno de estos elementos pierde su función o concentra un poder que no le corresponde, el paisaje comienza a degradarse. En efecto, la erosión institucional aparece cuando se impide la colaboración, debilitando la autonomía de las organizaciones y las decisiones se subordinan convertidas en vitrinas de intereses dirigenciales de promoción personal antes que al bien común. Así aparecen directivos sin experiencia que explotan y degradan el suelo del bosque sin haber plantado un solo árbol. Aprovechando el valor generado por otros y el fruto de un trabajo al que nunca contribuyeron, comprometen la sostenibilidad institucional, y sus propios socios pasan a convertirse en simples instrumentos para fines ajenos al mandato recibido. Ese aparente ejercicio gerencial termina erosionando las confianzas y deconstruyendo la cultura organizacional

Porque construir un paisaje también es construir memoria. Toda dirigencia que desconoce a quienes sembraron antes que ella, termina deteriorando el entorno que dice representar. Del mismo modo, los dirigentes que buscan cosechar prestigio personal sin haber contribuido al desarrollo institucional terminan frenando y debilitando el crecimiento colectivo.

Sin embargo, la verdadera arquitectura del paisaje directivo desde lo local hasta lo glocal, no se edifica sobre el protagonismo individual, sino sobre la experiencia, la cooperación y la visión de largo plazo. Solo así las instituciones deportivas pueden consolidarse como ecosistemas sólidos, donde cada actor encuentra su lugar y el desarrollo deja de depender de personas para convertirse en una obra compartida y perdurable. En efecto, una dirigencia que solo cosecha lo que otros sembraron puede exhibir resultados momentáneos, pero tarde o temprano agotará el bosque del cual vive. Entonces, el verdadero desafío consiste en preservar ese patrimonio y proyectarlo como un entorno saludable, confiable y sostenible.

En el ámbito de los entornos saludables, el paisajismo urbano celebró el 20 de marzo de 2026 la inauguración de la Plaza Marlene Ahrens, en homenaje a la primera mujer chilena en obtener una medalla olímpica, plata en lanzamiento de jabalina en Melbourne 1956. Del mismo modo, no podemos olvidar a Manuel Plaza, primer atleta chileno en conquistar una medalla olímpica, también de plata, en el maratón de Ámsterdam 1928, quien aún espera una plaza que lleve su nombre.

Fernando Sotomayor G.

Ex Atleta