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Columna de Opinión: EL EDADISMO EN LA DIRIGENCIA DEPORTIVA

Chile está envejeciendo y el deporte, sus clubes, asociaciones, federaciones no pueden seguir administrándose como si esta transformación demográfica no existiera. En 1976, el país tenía 10,4 millones de habitantes. Hoy supera los 20 millones (INE). Sin embargo, la disponibilidad de espacios para desarrollar actividades físico-deportivas no ha crecido en la misma proporción. Al mismo tiempo, nacen menos niños y aumenta rápidamente la población mayor. Todo indica que hacia 2028 habrá más chilenos mayores de 64 años que menores de 15.

Esta realidad ya impacta las pistas. El auge de los “Clubes Máster” demuestra que la práctica deportiva dejó de ser patrimonio exclusivo de los jóvenes. Un ejemplo contundente fue el “XXII Campeonato Sudamericano de Atletismo Máster Santiago 2025”. Organizado por la Federación Deportiva Nacional Master de Chile, convocó a más de 2.400 atletas de 27 países, incluyendo a potencias de América, Europa y Asia. Entre ellos estuvo el chileno Ariel Standen, compitiendo a los 96 años, quien falleció recientemente. Más que una competencia, aquel campeonato demostró que, longevidad organizativa o dirigencial y deporte, pueden convivir de manera extraordinaria.

Entonces aparece un debate incómodo, pero necesario: el edadismo en la dirigencia deportiva. El envejecimiento activo no es el futuro: está ocurriendo ahora. Las personas mayores poseen pericia , conocimiento acumulado, tiempo y memoria institucional, elementos que pueden constituir un aporte fundamental a la dirigencia deportiva. Pero ello no debe significar defender espacios de poder ni resistirse al cambio. Sus experiencias deben traducirse en acompañar, orientar y formar a las nuevas generaciones de dirigentes. Del mismo modo, considerar que los dirigentes mayores están “obsoletos”, o asumir que los jóvenes son necesariamente “inexpertos” e incapaces de conducir una organización, es igualmente un error.

Las personas mayores pueden aportar práctica, redes de contacto, criterio y una comprensión profunda de la historia de clubes, asociaciones y federaciones. Pero la trayectoria no puede convertirse en una licencia para perpetuarse indefinidamente en posiciones de poder ni en una barrera para quienes vienen detrás.

Los jóvenes, por su parte, aportan capacidades que las organizaciones deportivas necesitan con urgencia: formación profesional, conocimientos tecnológicos, nuevas herramientas de gestión, comunicación digital, creatividad, energía y una mirada diferente sobre los desafíos de la actividad física-deportiva contemporánea. Por tanto: El relevo generacional no se improvisa, se construye.

La discusión, entonces, no debería plantearse como una guerra entre generaciones. No necesitamos dirigentes jóvenes contra dirigentes mayores. ¡Necesitamos dirigentes capaces y honestos!

Liderar una organización deportiva no es simplemente ocupar un cargo. Es asumir una responsabilidad frente a una comunidad y ejercerla como un servicio que exige compromiso, ética, preparación, transparencia y capacidad para trabajar en equipo. El voluntariado ha sido y seguirá siendo fundamental, pero el deporte moderno ya no puede depender exclusivamente del voluntarismo individual. Las instituciones necesitan profesionalizar su gestión sin perder su vocación social.

Eso supone equipos interdisciplinarios y generacionalmente diversos, capaces de aportar desde la administración, el derecho, las finanzas, las comunicaciones, el marketing, la tecnología y, por supuesto, desde la experiencia deportiva y dirigencial.

La historia del deporte chileno demuestra, además, que las instituciones se construyen sobre una memoria colectiva. Mirar al futuro exige también honrar esa memoria, reconociendo a quienes contribuyeron a prestigiar clubes, asociaciones y la propia FEDACHI. Nombres históricos con los que me correspondió interactuar, como Jorge Ehlers, Raúl Maturana, Enrique Fontecilla, Carlos Binder, Hans Krause, Osvaldo Martino, Horacio D’ Ottone, Dante Brusco, Waldo Greene, Jorge Vives, José Bellagamba, Manuel Balmaceda, Pelayo Arrieta, Miguel Vigueras, George Biehl, Lucy López y tantos otros. Como dice una antigua reflexión: “La buena marcha societaria rendirá de acuerdo con la virtud de sus integrantes”. Recordarlos no significa idealizar el pasado. Significa entender que ninguna institución comienza desde cero. Existe una cultura, una experiencia y un patrimonio dirigencial que debe ser conocido y transmitido.

Entonces, surge una pregunta inevitable: ¿Por qué faltan tantos y buenos dirigentes en nuestras instituciones atléticas federadas? Una respuesta puede encontrarse en el deterioro de la imagen de la dirigencia deportiva. Los conflictos de los últimos años, las dificultades relacionadas con rendiciones de cuentas, suplantar cargos, y las acusaciones de malas prácticas, siguen influyendo negativamente. En efecto, cuando el servicio se confunde con el interés personal o el camino propio, generan desconfianza; peor aún, han desalentado la incorporación de nuevas generaciones.

En suma, cuando la actividad dirigencial deja de percibirse como un espacio de servicio y comienza a asociarse con intereses personales y/o de poder, el daño no recae solamente sobre quienes protagonizan esos conflictos: el desprestigio termina alcanzando a toda la dirigencia deportiva nacional. En esas circunstancias, ha llegado el momento de repensar la forma de gobernanza de quienes conducen esa organización federada.

Porque el verdadero liderazgo deportivo no debería medirse por la edad del dirigente, sino por su capacidad para gestionar, servir, escuchar, formar equipos, respetar las reglas y dejar una institución mejor de cómo se recibió.

Fernando Sotomayor G.

Exatleta