Algunas personas confunden discrepancias con ofensas. Sin embargo, si bien las ofensas son fuente de discrepancias, estas últimas no tienen por qué generar molestias en quienes piensan algo distinto respecto a un determinado asunto.
Debatir no es sinónimo de agredir ni tampoco de enemistad. Por el contrario, es ponerse en disposición de oír otros argumentos diferentes a los propios.
Eso supondrá quizás variar en algo las propias convicciones o no modificar nada acerca de lo que piensa. Pero la disputa argumentativa puede contribuir a afinar con mayor sutileza las premisas sostenidas por uno mismo.
Sustentar una idea no es estar contra alguien, sino para difundir el propio parecer en relación con una materia específica. Detrás de toda discusión subyace una pretensión de conocer la verdad. Ya que sin esa intención detrás, no tendría ningún motivo disentir respecto de nada.
De hecho se discute precisamente por qué cada interlocutor supone que tiene razón y que el otro está equivocado. Es decir, se asume como verdadera la propia posición y como errada la que defiende el otros interlocutor.
En síntesis, todo debate es un secreto homenaje a la verdad de cada cosa que, no depende de la perspectiva de cada uno, sino de que dicho enfoque y su correspondiente aseveración, se acerquen lo más posible a la esencia de lo que están tratando.
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Fuente: Rodericus